Funciona como axioma que los ingleses no saben comer (aunque para muchos sí que saben beber). Existe el cliché, bastante acertado, de la posada inglesa (bed-and-breakfast) llena de olores sospechosos que ofrece un desayuno de panceta frita, porotos blancos en salsa de tomate (de una lata), medio tomate a la plancha, huevo frito y tostadas con margarina. Es así, existe y valdría la pena por lo menos una vez experimentarlo, por su valor antropológico. Pero no es tan simple, porque a veces es rico y es “just what the doctor ordered.”